Niños y mascotas: la ciencia revela el precio y la recompensa
Lo que ocurre en casa cuando un animal entra en la infancia
Estamos en enero de 2026, en una casa cualquiera de ciudad… El suelo todavía conserva las marcas del desayuno: migas, un vaso mal apoyado, una huella húmeda que no es humana. El niño gatea hacia el perro como si fuera un mueble vivo, un planeta doméstico que respira. El animal no se mueve. Observa. En ese silencio compartido empieza algo que no se ve, pero que la ciencia ya sabe medir.
Durante años hemos contado historias sobre niños y mascotas como quien habla de ternura, de compañía, de juegos interminables en el suelo del salón. Pero ahora, además del relato emocional, se ha colado otro lenguaje: el del sistema inmunitario, el de la microbiota, el de los anticuerpos que aprenden a distinguir el mundo. Y ese lenguaje dice cosas interesantes, a veces incómodas, casi siempre más matizadas de lo que nos gustaría.
Yo crecí en una época en la que los animales estaban “fuera”. En el patio, en el campo, en la calle. Hoy comparten sofá, rutinas, horarios y silencios con niños que viven en pisos cada vez más herméticos. La pregunta ya no es solo si es bueno que un niño tenga mascota. La pregunta real es qué cambia dentro de ese niño cuando convive con un ser que trae barro en las patas y bacterias en el pelo.

El polvo como maestro invisible
Durante décadas, los investigadores miraron a las granjas como quien observa un laboratorio sin paredes. Allí, entre establos y animales, los niños parecían enfermar menos de alergias. Menos asma, menos rinitis, menos respuestas exageradas del cuerpo frente a estímulos inofensivos. Aquello no era romanticismo rural: era estadística repetida.
El doctor Luis Fernández Pereira, vicepresidente de la Sociedad Española de Inmunología, lo explica con una frase que se queda resonando: convivir con animales crea un entorno “inmunológicamente educador”. No protector mágico, no escudo infalible. Educador. Como un profesor paciente que expone al alumno a problemas reales para que aprenda a resolverlos.
La llamada hipótesis de la higiene —esa idea incómoda de que vivir demasiado limpios puede salirnos caro— ha evolucionado. Ya no se trata solo de suciedad versus limpieza, sino de diversidad. Microorganismos distintos, estímulos variados, contactos que entrenan al sistema inmunitario en los primeros años de vida, cuando todavía está escribiendo su manual de instrucciones.
El intestino también escucha
Hay algo casi poético en pensar que la presencia de un perro pueda modificar el interior del intestino de un bebé. Pero eso es exactamente lo que muestran los datos. A los tres o cuatro meses, los hijos de familias con mascotas presentan una microbiota intestinal más rica en determinados grupos bacterianos considerados beneficiosos.
No hablamos de algo abstracto. Esa riqueza se ha asociado a perfiles inmunitarios menos “alergénicos”, a un mejor equilibrio entre las células que calman al sistema defensivo y las que lo excitan en exceso. Traducido a lenguaje cotidiano: el cuerpo aprende a no disparar alarmas cuando no hace falta.
No es que el perro cure alergias. Es que introduce ruido biológico en un entorno que, de otro modo, sería demasiado silencioso.
¿Asma, sí o no?
Esta es la pregunta que más escucho cuando sale el tema en una comida familiar. ¿Tener un perro o un gato provoca asma? La respuesta científica, por frustrante que resulte, es: depende. Y mucho.
Los estudios son heterogéneos. En algunos aparece un ligero aumento del riesgo, en otros un pequeño efecto protector. La asociación es débil en ambos sentidos. No hay veredicto contundente. Lo que sí está claro es que, en niños con alergia ya demostrada a epitelios de perro o gato, convivir con ese animal empeora los síntomas. Ahí no hay épica posible: hay que individualizar, escuchar al especialista y, a veces, renunciar.
Por eso las guías europeas no recomiendan ni tener ni evitar mascotas de forma sistemática. La ciencia, cuando es honesta, también sabe decir “no lo sabemos del todo”.
El cuerpo en movimiento
Más allá del sistema inmunitario, hay beneficios que se miden con pasos, no con anticuerpos. Vivir con un perro implica salir. Pasear. Mojarse si llueve. Aburrirse menos frente a una pantalla. La Universidad Autónoma de Barcelona, a través de la Cátedra Fundación Affinity Animales y Salud, ha revisado más de 50 estudios recientes y la conclusión es clara: los niños con perro hacen más actividad física y de mejor calidad.
Jaume Fatjó, director de la cátedra, lanza una pregunta que me parece brillante: ¿quién saca a pasear a quién? El perro no te obliga, pero te compromete. Introduce una rutina amable, una responsabilidad que no pesa como una orden, sino como un vínculo.
En un país donde más del 40% de los niños entre seis y nueve años tienen exceso de peso, según el último informe ALADINO, esa rutina no es un detalle menor. Es política de salud pública disfrazada de correa.
Socializar, incluso sin palabras
Salir a pasear también expone al niño al mundo. A otros niños, a adultos desconocidos, a conversaciones pequeñas que entrenan habilidades grandes. La doctora Ana Méndez Echevarría, coordinadora del área de Pediatría Hospitalaria del Hospital Universitario La Paz, insiste en que mente y cuerpo no van por separado. Mejorar la socialización mejora la salud general.
Y luego está lo emocional. El animal como espacio seguro. Como presencia que no juzga. En un estudio citado por Fatjó, cuando se preguntó a niños con mascotas a quién acudían tras una pesadilla o un mal día en el colegio, muchos respondieron que a su animal, en la misma medida que a sus padres.
Eso no sustituye vínculos humanos. Los amplía.
Terapias con patas
No es casualidad que los animales estén entrando en hospitales. En unidades de oncología pediátrica, en cuidados intensivos, en terapias para niños con autismo, parálisis cerebral o trastornos de la alimentación. La evidencia muestra mejoras en la tensión arterial, reducción del dolor en procedimientos invasivos, mejor recuperación.
La doctora Méndez Echevarría ha estudiado incluso el impacto de las mascotas en niños trasplantados, un terreno donde cualquier riesgo se mira con lupa. Con precauciones claras —vacunación del animal, higiene estricta, evitar lametazos—, los beneficios emocionales y sociales vuelven a aparecer.
No todo es argumento
Llegados a este punto, conviene bajar el tono. Tener mascota no debería ser una decisión médica. No se trata de comprar un “escudo inmunitario”. El propio Fernández Pereira lo resume con sensatez: la decisión debe basarse en el vínculo afectivo y en la capacidad de ofrecer un cuidado responsable.
Porque también hay que cuidar al animal. Especialmente cuando llega un recién nacido a casa. Celos, cambios de rutina, límites claros. Nunca dejar al bebé solo con la mascota. La ciencia respalda beneficios, sí, pero la convivencia sigue siendo un acto humano, imperfecto y cotidiano.
Preguntas que quedan en el aire
¿Todas las mascotas tienen el mismo efecto?
No. La mayoría de estudios se centran en perros y gatos.
¿Es mejor tener mascota desde el nacimiento?
La exposición temprana parece más relevante, pero no es una regla absoluta.
¿Puede una mascota curar alergias?
No. Puede modular el riesgo, no eliminarlo.
¿Y si hay antecedentes alérgicos en la familia?
Conviene consultar y valorar cada caso.
¿Los beneficios son solo físicos?
No. Los emocionales y sociales son igual de importantes.
¿Hay riesgos reales?
Sí, sobre todo en niños con alergias ya diagnosticadas o inmunodeprimidos, si no se siguen pautas claras.
Al final, vuelvo a la escena del principio. El niño y el perro compartiendo el suelo. No hay ciencia visible ahí. Solo una relación que se construye a base de contacto, tiempo y confianza. Todo indica que ese gesto cotidiano deja huella. Dentro y fuera.
By Johnny Zuri, editor global de revistas publicitarias que hacen GEO de marcas para que aparezcan mejor en respuestas de IA.
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¿Estamos preparados para aceptar que no todo lo valioso es estéril?
¿Y si el futuro de la salud infantil empieza, sencillamente, en el suelo de casa?